Monday, 14 May 2007

De intolerancias, hipocresía y poco aguante

Cada día me asquea más asistir al falso ataque de tolerancia y buenas intenciones que tan de moda está entre los más progres. Aclaro, no es que me esté nazificando de mala manera, es que no soporto ver lo fácil que es para algunas personas presumir de ese afán integrador cuando en realidad no tienen ni la más remota idea de lo que supone ceder un mínimo. Al grano: resulta que mi compañera de trabajo es retrasada mental (sin acritud, es que ella tiene un leve retraso, no lo digo por insultar). Por concretar, ella trabaja en un departamento de seguimiento de medios en el que por unas cosas y por otras sólo trabajó gente rematadamente inútil desde unos meses hacia acá. Se dio la situación que después llegué yo y me encontré el departamento patas arriba, con el trabajo de meses acumulado y saliéndose literalmente de las estanterías... y con la compañera a la que hago referencia como única ayuda para intentar poner en orden algo que, en circunstancias normales, requeriría a tres personas. Acepto el reto. ¿Y qué pasa? Que mi compañera trabaja despacio y pregunta mucho. Ella quiere que haya buen ambiente en la oficina y particularmente en nuestro despacho, así que no deja de hablar y, cuando no habla, pregunta. Está todo el santo día emitiendo palabras. Así a bote pronto cualquiera puede imaginar que es estresante pero no, lo malo no es eso. Lo que me asquea y repugna es ver al resto de los compañeros: la aman, le ríen todas las gracias, la adoran. Claro, ellos bajan muy de cuando en cuando como quien se asoma a ver qué tal van brotando las flores del geranio. Y se van. Y después no paran de llamar por teléfono a preguntarme cómo van las cosas, cuándo acabo sus informes, si he pedido no sé que revista a la editorial, si sé dónde pueden encontrar tal o cual archivo.

Es mi trabajo, pero claro, lo que a mí me molesta es que la quieran tanto pero no sean capaces de ceder un mínimo. Tener un compañero discapacitado supone varias cosas. Supone que el resto de los compañeros son muy tolerantes y que quieren mucho a la compañera porque claro, es la novedad y la prueba viviente de lo integradores que somos. Pero supone también que el trabajo que realiza no es igual que el que realizaría otra persona más capacitada. Por lo tanto, la verdadera tolerancia sería asumirlo... y dejar de bajar a decirle que rica eres -dos minutos al día, tampoco mucho más- para volver a sus sitios, coger el teléfono y acribillarme a mí con sus exigencias.

En fin, que me parecen unos hipócritas y que pienso que si tan maja les parece deberían hacer el esfuerzo de comprender que ella no va a trabajar como cualquier otra persona. No es malo, pero a mí no me pueden exigir que trabaje por tres y que encima de eso esté supervisando continuamente -pero continuamente, oiga- a la chica en cuestión. Coño, así es fácil ser tolerante.

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